Cómo ser profesora y no morir en el intento

Balances emocionales

Ya han pasado dos años desde que acepté el puesto de mediadora, casi tres. Y me gusta lo que hago. Me gusta el respeto y la confianza que tenemos, ellos y yo. El modo en que te hablan y dejan que les escuches, porque te lo han de permitir, sabiendo que no juzgas, que no castigas, que apenas hablas, pero que van a acabar solitos sabiendo qué tienen que hacer.

Me he encontrado de todo en este tiempo: pequeñas disputas, conflictos entre iguales, problemas entre profesores y alumnos, mucho desencuentro y malainterpretación por culpa de las redes sociales… y este año, más que nunca, violencia física. Nada que sea en abundancia ni excesivamente costoso en daños, pero apena.

Apena que la bofetada sea el único recurso de niños acorralados por la vida, absolutamente analfabetos de emociones. Que cualquier subidón de adrenalina provocado por esa tensión de sentir la baja autoestima desemboque en el golpe fácil.

Y no queremos violencia, y ellos lo saben. Ni en el colegio, ni en la casa, ni en la calle. Sólo queremos tolerancia, cordialidad, vida en paz, gestión de las emociones negativas, otorgar el valor que tienen en su justa dimensión a los sentimientos propios o ajenos. ¡Cómo lo entienden, sin necesidad de hablar!.

En cuanto entran a Mediación están arrepentidos, no entienden qué les ha pasado. No necesitan nuestros sermones, ni nuestros juicios, porque no son tontos. Pero muchos de ellos viven vidas donde la propia violencia es parte fundamental. Niños apaleados, física o emocionalmente, por padres que no entienden de cómo se educa a un hijo, por divorcios mal entendidos donde los niños son la moneda de cambio en el dolor, por mil problemas que les hacen sentir que no valen lo que valen, que no tienen nada que perder.

Niños apaleados verbalmente por otros niños, que a su vez se sienten menos porque alguien les dijo una vez que no eran nada. Niños, en definitiva, que tendrían que estar jugando, olvidándose de los que no les caen y disfrutando de la amistad e incluso el incipiente amor. Y a los que ya ni les duelen los palos.

Provoca tensión observar su tristeza, su arrepentimiento, sabiendo que lo único que puedes hacer es hablarles con cariño y con firmeza, escucharles siempre, ponerles esos límites que necesitan y estar ahí, siempre ahí. Alguien tiene que estar ahí.

 

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Comentarios en: "Balances emocionales" (1)

  1. Y gracias a ti por estar ahí siempre.

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