Cómo ser profesora y no morir en el intento

Adolescentes y educación

Todos los que hemos tenido una tutoría en niveles de ESO o Bachillerato sabemos que se sufre más que se disfruta, al menos al principio.
La adolescencia plantea cambios no sólo físicos, sino mentales y, sobre todo, emocionales. Afrontar esos cambios desde la escuela se hace complicado.
El adolescente es un individuo en principio inestable, lleno de dudas sobre sí mismo y lo que le rodea, con un fuerte sentido de la cohesión de grupo, una gran capacidad de afecto y un sentido de la amistad y la lealtad a veces un tanto equívoco.
En el trabajo del día a día cambia de humor o de situación, de manera que despista al profesor, aparentemente más estable. Se impone echar mano de la educación emocional, de manera paralela a la educación curricular. Esa no es sólo una labor del tutor, sino que requiere implicación por parte de todo el profesorado.
La tan nombrada “mano izquierda” no consiste en el amiguismo ni en ponerse a su misma altura, sino en considerar las emociones, los estados de ánimo, los problemas externos del alumno, y llevarlos al lugar que les corresponde en cada momento y situación.
Necesitan modelos, adultos en quien fijarse, a quien imitar o con quienes hablar, a quienes demostrar cosas o, incluso, con quien luchar. Aparte de los padres, estamos nosotros ahí con una responsabilidad que se aparta del mero aprendizaje. Sin embargo, no es así, porque enseñarles a vivir es un modo de darles armas para el futuro, igual que las que adquieren al aprender matemáticas o lenguas.
No consiste en establecer un grado de empatía tan fuerte con el alumno que nos despiste de nuestras funciones, pero sí de demostrar que estamos presentes, que podemos ser dialogantes, que tenemos las dosis de asertividad suficientes como para enfrentar conflictos y solucionarlos positivamente.
Nuestros adolescentes necesitan retos, actitudes fuertes y comprensión. Necesitan sentirse válidos, saber que pueden llegar a ser lo que quieran ser, que no sólo el universitario puede comerse el mundo, que está ahí para todos, cada uno en su lugar.
Lo interesante es llegar, y llegar lo más íntegros posible. Ahí tenemos un gran labor que realizar, desde una educación emocional.

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