Escuelas abiertas desde el café

Este viernes pasado tuve la ocasión de organizar, junto a Juanmi Muñoz @mudejarico, una de las sedes de #kfe05, dentro del movimiento Kfe Innovación.

Una manera espléndida de pasar un viernes por la tarde: hablando de la educación que queremos entre nosotros y en conjunto con otras sedes que, simultáneamente en otros lugares de la geografía, trataban temas convergentes. Varios fuimos los lugares que nos quedamos con el tema #openescuela, o Escuela abierta: las dos sedes de Barcelona, Tarragona, Valencia y Salamanca.

Surgieron muchos temas, la conversación empezó ya fuerte, y se prolongó llena de ideas, inquietudes, preguntas y respuestas, esperanzas y algunos miedos. Y es que la idea de escuela abierta genera diálogos y atención.

La escuela que queremos es tan diferente a la que hay… y la inercia del sistema es tanta… y nos rodean tantos fantasmas que es preciso invocar primero, para derrotar después… El proceso es lento, quizá tan lento que los que somos capaces de ver más allá tenemos miedo de que nunca llegue, o que ni siquiera lleguemos a rozarlo. Pero eso es lo de menos… lo importante es dar esos pequeños pasos, imperceptibles pero seguros, esos que hoy van hacia delante, y  mañana hacia atrás, pero que nos ayudan a ir avanzando si los sumamos.

Hay que abrir primero las mentes… eso es complicado, porque hablamos de personas, de costumbres, de cultura, de pasados, de futuros imprevisibles. Hay que mirar en una sucesión educativa, desde los pequeños de guardería hasta los que preparan su salto a la Universidad. Hay que contar con las familias, nuestros grandes aliados potenciales… con el vecindario, con los tenderos, con la comunidad, con la ciudad que expone espacios educativos y ofrece alternativas de ocio y de cultura.

No somos nosotros solos: es la Administración, que de momento no quiere ver más allá de sus narices. Es el entorno, que podemos cambiar. Es el alumno, al que hay que convencer de sus potencialidades. Somos nosotros, como docentes, que debemos pensar en otra manera de enseñar, sin creernos el ombligo del mundo ni el centro del saber. Acostumbrarnos a la idea de que somos también aprendices dentro del proceso educativo global.

Las once personas presentes en #BCN01 queríamos escuelas ideales, con espacios abiertos, con tecnología al servicio de la curiosidad, con opiniones externas, con aportaciones de todos lados. Trabajo colaborativo, padres en talleres, maestros unidos de todas partes en proyectos virtuales o reales… esas “utopías” aparentes de las que tanto hablamos y que tanto nos cuesta ver, en cuanto nos toca preparar una programación o realizar un examen.

Pero se puede. Poco a poco, lentamente, nunca en silencio, siempre mostrando el ejemplo, siempre desde la emoción que se contagia. Es solo así, con muestras vivas de prácticas positivas, que se puede convencer a los demás de lo que podemos conseguir. Y esperemos que nos dejen continuar nuestro trabajo valorando lo que pretendemos… que la política en este país sepa ver que tenemos que acogernos a un cambio positivo, de calidad, donde la escuela sea una y abierta, para todos y de todos.

Tras el café, tiempo para meditar. Tiempo para maquinar esas prácticas y esas conversaciones con los compañeros… para avanzar lentamente, seguramente.

Malos tiempos para la docencia

Entre crisis ecónomicas, sociales, políticas, de valores, y otras muchas que se pasean por ahí en estos tiempos duros para el ciudadano de a pie, parece que la docencia no es buena profesión.

Quizá porque se supone que enseñamos a los niños a defenderse económicamente mediante las matemáticas, socialmente con las tutorías y las humanidades, políticamente con la educación para la ciudadanía y la historia, en valores mediante la orientación tutorial y el ejemplo como profesores y adultos formados en mil batallas… y eso no interesa. No interesa la ciencia, ni  la poesía, ni que lean (que luego saben demasiado y protestan).

Los profesores sobramos. Quizá porque últimamente se mete en estos berenjenales la gente que lo siente, que cree en un futuro mejor, que miran más allá de los libros de texto y las programaciones encorsetadas y quieren futuros reales, llenos de imaginación y de creación, en un mundo que necesita tanto de lo intangible como de lo que es. Pero de lo que es ya han dado cuenta muchos, y ahora no hay para todos. Y nos recortan las posibilidades, la creatividad, las alas para seguir luchando.

Leo en un blog y en otro más cómo docentes excelentes, con mentes privilegiadas y corazones gigantes, tiran la toalla. Se trabaja lo que se paga, se claudica frente a un sistema equivocado delante de todo el pueblo. Y a veces dan ganas de claudicar, sí. De olvidarse de avanzar y recogerse en una ley del mínimo esfuerzo, entrando en un letargo profesional que, si no nos traerá alegrías, al menos nos dejará un trabajo remunerado (con la remuneración que el político de turno quiera, eso sí).

Pero, pensando en ellos, en los chicos, hay algo llamado conciencia que grita una y otra vez. Algo que no se paga con dinero, que forma parte de los ideales (aquellos ideales casi setenteros, démodés quizá, pero auténticos). No podemos permitirnos tirar la toalla, aunque estemos cansados, vapuleados, ninguneados por la sociedad, por los políticos… no podemos.

Porque nuestros niños son futuro, son inversión. Y lo que padres y profesores no hagamos por ellos y con ellos, no van a venir los demás a hacerlo. Porque perdemos profesorado en la pública, en la privada, a los interinos se les trata como a trabajadores de segunda y se olvidan de que la vida está en las aulas. No toda, ni dentro de los libros, pero sí muchas horas, muchos meses, muchos años.

No tengo propósitos para este nuevo año, no me gusta hacerlos (sobre todo, porque no los cumplo), pero si tuviese alguno, sería seguir dedicándome a la Educación, con mayúsculas. A abrir los ojos de los niños al mundo, a su propia sabiduría, a su propio potencial. Porque ellos pueden, si quieren… y quieren si les dejamos. Y aman y respetan cuando se sienten amados y respetados, y de ahí, al cielo matemático o literario.

No tirar la toalla, pese a todo. Ese es mi propósito. Pese a la subida del IRPF que nos va a dejan los sueldos de risa, a los recortes de profesores de apoyo en la pública. Pensemos en ellos… en lo que les podemos dejar aún. Para que el futuro de todos sea diferente al presente que tenemos. Yo no me rindo.

Balances emocionales

Ya han pasado dos años desde que acepté el puesto de mediadora, casi tres. Y me gusta lo que hago. Me gusta el respeto y la confianza que tenemos, ellos y yo. El modo en que te hablan y dejan que les escuches, porque te lo han de permitir, sabiendo que no juzgas, que no castigas, que apenas hablas, pero que van a acabar solitos sabiendo qué tienen que hacer.

Me he encontrado de todo en este tiempo: pequeñas disputas, conflictos entre iguales, problemas entre profesores y alumnos, mucho desencuentro y malainterpretación por culpa de las redes sociales… y este año, más que nunca, violencia física. Nada que sea en abundancia ni excesivamente costoso en daños, pero apena.

Apena que la bofetada sea el único recurso de niños acorralados por la vida, absolutamente analfabetos de emociones. Que cualquier subidón de adrenalina provocado por esa tensión de sentir la baja autoestima desemboque en el golpe fácil.

Y no queremos violencia, y ellos lo saben. Ni en el colegio, ni en la casa, ni en la calle. Sólo queremos tolerancia, cordialidad, vida en paz, gestión de las emociones negativas, otorgar el valor que tienen en su justa dimensión a los sentimientos propios o ajenos. ¡Cómo lo entienden, sin necesidad de hablar!.

En cuanto entran a Mediación están arrepentidos, no entienden qué les ha pasado. No necesitan nuestros sermones, ni nuestros juicios, porque no son tontos. Pero muchos de ellos viven vidas donde la propia violencia es parte fundamental. Niños apaleados, física o emocionalmente, por padres que no entienden de cómo se educa a un hijo, por divorcios mal entendidos donde los niños son la moneda de cambio en el dolor, por mil problemas que les hacen sentir que no valen lo que valen, que no tienen nada que perder.

Niños apaleados verbalmente por otros niños, que a su vez se sienten menos porque alguien les dijo una vez que no eran nada. Niños, en definitiva, que tendrían que estar jugando, olvidándose de los que no les caen y disfrutando de la amistad e incluso el incipiente amor. Y a los que ya ni les duelen los palos.

Provoca tensión observar su tristeza, su arrepentimiento, sabiendo que lo único que puedes hacer es hablarles con cariño y con firmeza, escucharles siempre, ponerles esos límites que necesitan y estar ahí, siempre ahí. Alguien tiene que estar ahí.

 

Iniciativas

Después de 15 años en la enseñanza, me sigue sorprendiendo la actitud y las reacciones de los chicos.

Se habla una y otra vez de su desmotivación, falta de ganas de aprender, falta de curiosidad (algo que también yo he comprobado), falta de esfuerzo…  tantas y tantas faltas que parece que el futuro vaya a ser muy negro para ellos y, de rebote, para todos. Niños llevados al fracaso, en su mayoría, por un sistema educativo caduco que no contempla nuevos modos de enseñar, ni las realidades de tantos tipos distintos de criaturas. Es imposible conseguir que todos aprendan por igual, imposible uniformizarlos en el aprendizaje memorístico de listas de datos. Imposible que todos tengan el mismo nivel de química, de matemáticas, de arte…

Cuando uno, como docente, tiene claro todo esto, se las ingenia como puede para proponer nuevas metas, nuevas maneras de acercar al alumno al aprendizaje, a veces sin que se dé apenas cuenta. Y, como la tecnología ayuda, sólo hay que idear alguna actividad que les pueda atraer. El problema sigue presente, sin embargo, si existe una obligación. Y la verdad es que los trabajos o proyectos voluntarios a veces cuestan de llevar a cabo, precisamente por las mismas diferencias emocionales entre el alumnado.  Es un ejercicio de paciencia, de búsqueda, de acercamiento y llegada y, sobre todo, de guía.

Me ha sorprendido la actitud de chic@s muy diferentes de mi clase de ciencias naturales a la hora de compartir conocimiento con sus compañeros. Después de realizar un trabajo en una wiki creada para ellos y por ellos, dedican tiempo en casa a rectificar lo que hemos comentado en clase que se puede mejorar. Quizá no tanto de cara a lo que ya está hecho como de cara al futuro. Pero, sin que nadie se lo pida, vuelven a rehacer el trabajo, entran recién llegados del colegio para volver a consultar, volver a trabajar lo hecho buscando la perfección.

Hacía tiempo que no encontraba el modo de conseguir que ellos solos tuviesen ganas, motivos, iniciativa en su propio apredizaje. Ahora, creo que hasta han encontrado de nuevo las preguntas. Ahora, cada día hay nuevos por qués que ellos mismos quieren resolver. Y me siento parte de ello y orgullosa de verles crecer.

Cosas de universitarios

Tenía ganas de que mi hijo mayor entrase en la Universidad. Primero, por él (que no vivía ya sino pensando en ello) y segundo, por la curiosidad que siento, como profesora, de saber qué se gesta por esos lares.

Me llegan las noticias previstas: algunos Power Points infumables llenos de letra, lo mismo que el profesor lee en ese momento (una de dos, me sobra el profe o el PP). La verdad, no en todas las clases.

Me alegra, por ejemplo, comprobar que los profesores de Aeronáutica tienen un grado interesante de educación emocional. Vale decir que los alumnos que llegan allí ya están motivados de por sí, pero ayuda tener buenos guías, bien preparados y que les animan en todo momento. Punto a favor.

Utilizan plataforma virtual de aprendizaje en entorno Moodle, también era de esperar. Atenea, se llama; completa, llena de recursos, de más materiales de los que ellos puedan llegar a leer en todo el curso. La biblioteca, tanto en versión 1.0 como en 2.0, me parece de lo mejorcito que tienen, con tantas posibilidades, con préstamos en EPUB, tan organizada…

Pero, sin duda, lo que me llama la atención es el modo en que los alumnos utilizan esas partes de su PLE que nadie había pensado que eran eso, motores de aprendizaje: Facebook y Skype, que usan para compartir y comunicarse.

El trabajo colaborativo se convierte, en la Universidad, en algo intrínseco y natural. El autoaprendizaje se vuelve algo necesario, y se accede a él formando grupos que contactan vía Facebook. Los chicos montan sus grupos cerrados, de acceso restringido, donde comparten documentos, artículos, apuntes escaneados, capturas de pantalla con resoluciones de problemas. Donde el chat sirve para dar soluciones conjuntas, compartir ideas comunes y no comunes, que plasman mediante conversaciones en tiempo real vía Skype.

De esta manera, con aprendizaje informal, mediante las mismas redes sociales que a veces muchos consideran objeto de distracción e, incluso, de mal uso, ellos aumentan su conocimiento, se preparan para un futuro de colaboración, donde las ideas aportadas al grupo, su discusión, la búsqueda de información y su puesta en común serán claves para el desarrollo de su trabajo.

Hoy leí un tweet que decía: “No  me dan miedo los jóvenes que usan las redes sociales. Me dan miedo los adultos que aún no las usan”. Con responsabilidad, consciencia y buenas ideas, Facebook o Skype se convierten en generadores potentes de conocimiento. Ahí vamos, al futuro.

 

Pensamientos sobre un post

Leo en uno de los blogs que sigo con asiduidad (Xarxatic) un artículo que me perdí en su día sobre la Visibilidad en la red de los centros educativos.

Esa visibilidad necesaria para tener una política limpia y abierta de centro, que permita a los padres la elección, la comparación (¿por qué no?), la visión de lo que se hace con sus hijos, de lo que se pretende de  ellos. Y no sólo los padres tienen ese derecho. El resto de docentes que trabajan para la educación también tiene derecho a aprender de los demás, a intentar mejorar su propio quehacer con modelos externos. Y para los chicos, es un orgullo y una motivación saber y ver que su trabajo en las aulas se comparte, se valora y se mide a partir de otros proyectos de chavales como ellos.

La educación, que hoy en día lleva consigo el uso de la tecnología más avanzada, no puede vivir de espaldas a la red, a las redes sociales, a lo que representa compartir el conocimiento. No podemos estar ajenos a lo que, no sólo existe, sino que representa un futuro más cercano y cierto de lo que imaginamos.

No vamos a volver atrás. Como cuando se inventó el coche, este mundo nuestro no va a permitir que la educación se mantenga al margen o se escape de la vorágine tecnológica y emocional que nos empieza a envolver. Si no miramos adelante seremos polvo, porque todo evoluciona ahora a mucha más velocidad de lo que lo ha hecho nunca.

Las redes existen y de nosotros depende el uso que le demos. La importancia de la identidad digital, tanto individual como de centro, nos tiene que animar más a crearnos la nuestra, real y fuerte, que a temer consecuencias que se pueden evitar con conocimiento. No podemos ignorar el cambio, que ya ha penetrado en la gran mayoría de nuestros colegios e institutos. Por tanto, es el momento de mirar adelante, a las redes, a las nuevas posibilidades, sin miedos.

Siempre con la ley por delante, por supuesto. Siempre con el respeto a la intimidad, a la propiedad privada, a la infancia, pero también con ganas de vivir en 2.0, con valores que ahora vuelven con más fuerza que nunca, como la colaboración o la generosidad.

No deja de existir aquello que no vemos, o en lo que no participamos. Y cuanto antes sepamos sacarle partido y sentido positivo, antes sabremos adaptarnos a este futuro tan presente.

En las aulas

Los políticos no tienen ni idea de Educación, porque no están en las aulas.

La sociedad no entiende a los chicos, nos los dejan en las aulas.

Critican nuestro trabajo porque no viven la dureza de las aulas.

Incluso hay quienes  se acomodan entre las páginas de los libros de texto, entre las programaciones diseñadas desde la editorial, porque  creen que en las aulas todo se tiene que uniformizar.

En este curso  que empieza se van a cometer errores, empezando por la Administración, porque a pocos les interesa lo que ocurre tras las puertas de las aulas.

Y no es tan difícil de entender: hay niños, adolescentes, muchachos y muchachas cercanos a veces a la adultez. Cachorros de hombre y mujer a medio hacer, moldeables, llenos de emociones que se desbordan, llenos de inquietudes que no entienden, que miran a los adultos con desconfianza, con indiferencia, con fastidio, pero que piden a gritos ayuda para seguir adelante.

Y ya no quieren repetir las tablas de multiplicar, ya no quieren saberse la lista de los reyes Godos… quieren comprender, vivir, tener un futuro, crear, improvisar. Eso se tiene que enseñar en la escuela, pero tal y como vamos a empezar no sé si lo vamos a conseguir.

De momento, los que vivimos y dejamos la piel dentro de las aulas vamos a intentar no mirar fuera, vamos a seguir guiando y caminando, vamos a seguir probando que se puede desencorsetar la Educación de los cánones que van bien a la política y, sobre todo, de los que no entienden cómo se maneja la vida en las aulas.

 

La libertad es una utopía. Orwell sigue vigente.

Pasión y otras emociones

Quizá soy demasiado sensible. O demasiado exagerada en los sentires. La realidad es que hay muchas cosas en esta vida que me tomo con pasión, y una de ellas es mi profesión. Que me llegó tardía la vocación más de uno lo sabe, pero que entró para quedarse, lo saben todos.

Desde hace un par de años me he tomado más en serio lo del cambio educativo, tal vez porque lo creo necesario, lo palpo aún en la distancia y sé que existe. En definitiva, creo en él, apasionadamente. Y por eso paso mi tiempo intentando esos pequeños pasos que llevan a… no sé dónde, pero sí a un sitio distinto al que estamos anclados. En ese camino encontré gente igualmente apasionada, con ideas, con futuro. Visionarios emocionales y tecnológicos que nadaban, igual que yo, medio perdidos y medio hallados, en un mar cibernético del que parecía difícil salir.

Pero las emociones movieron el mundo, la pasión por el trabajo, por los chavales, por la enseñanza venció al mundo irreal y lo que parecía imposible comenzó a hacerse realidad. Mucha gente empezó a trabajar activamente, a utilizar su tiempo y su esfuerzo en presentar a los demás esos pequeños frutos de su amor por lo que hace. Se asociaron, participaron, se movilizaron a cualquier lugar de la geografía, y de allí surgieron Novadors 2011 y Aulablog 2011, que no son los únicos, pero sí aquellos a los que he asistido y en los que me he sumergido.

Sagunto y Madrid han recogido sueños, teorías, hipótesis de trabajo, práctica impresionante, talleres, aprendizaje, palabras y acciones. Risas, llantos (de los buenos, claro), amistad, cariño, colaboración, apoyo, diversión, responsabilidad… imposible recoger todas las sensaciones que se vivieron allí.

Cuando vuelves a casa te queda un cierto silencio… ese que se convierte en necesario para asimilar y para pensar. Asimilar lo vivido, pensar en lo que toca ahora, porque ya no cuela quedarse con las primeras sensaciones y dejar lo importante atrás, lo que ocupa ahora es recordar lo aprendido para llevar adelante la pasión de enseñar, para que nuestros chicos, cuando pase el verano, noten que algo ha pasado con sus profes, que hay mucho más. Que ellos, quizá sin saberlo, también son Novadors, también son de Aulablog. Han estado allí por  medio de aquellos que creemos en ellos, y estarán allí en cuanto encaucemos todo lo pensado.

Voy a tomarme unas vacaciones en las que dedicarme a cultivar ese “emotionware” que me va a hacer falta después, y cuando llegue septiembre, será el momento de sacar el novador-aulablog que llevamos dentro y ponerle a trabajar con toda nuestra pasión.

Gracias a tod@s los que me habéis enseñado, los que estáis a mi lado, los que me hacéis crecer día a día y, sobre todo, los que me devolvéis la fe en lo que hago. Tod@s sabéis quienes sois, no podría escribir nombres, pero estáis en mi corazón.

 

                                                 

Reflexionando en 500 palabras

La palabra “educación” a veces me suena a añejo. En mi mente tiene reminiscencias tipo “la letra, con sangre entra”. Me hace pensar en niños serios, callados y quietos… ¿niños?.

Una de las cosas que siempre me ha dado miedo de mis alumnos es verles perder la sonrisa. Cuando pasan por mis manos en 3º de ESO son divertidos, entusiastas, algo gamberretes, habladores, y en los siguientes tres años se les ve amargarse lentamente. Al final acaban callados, inertes… los que acaban. ¿Educados?, no lo sé.

El propósito de la educación que está dentro de mi cabeza pasa por otros derroteros. Las personas merecemos ser educadas en la libertad consciente, en la toma de decisiones y el ansia de aprendizaje continuo. Merecemos que nos muestren caminos para que podamos elegir, que nos indiquen posibilidades para que podamos ahondar en ellas.

Nuestros chicos parten con un potencial inmenso en sus cabezas que no podemos modelar según criterios cerrados, es ponerles vendas a unos ojos ávidos de miradas al mundo. Nosotros somos guías en un proceso del que ellos son protagonistas.

La razón de ser de la escuela es el alumno, ¿por qué no trabajamos para que sea el alumno el que se desarrolle, el que imagine, el que viva plenamente su propia educación?. Porque es más cómodo ponerle siempre las mismas cosas delante, hacerle siempre las mismas preguntas, cerrarle la mente en lo que está establecido, en la pasividad.

La educación tiene que ser activa y nosotros debemos trabajar para ello, siendo igualmente activos, proporcionando ideas, herramientas, maneras de que los chicos se muevan en el mundo y muevan al mundo. Porque el mundo no es siempre igual, y ha quedado demostrado largamente en los últimos diez o quince años. Y yo que pensaba, en mi adolescencia, que había nacido en mala época, donde “todo estaba inventado y no había nada nuevo por encontrar”…

Las nuevas tecnologías han dado impulso a tantas cosas, han supuesto tener el conocimiento global más a mano, han llevado a los niños hacia su propia evolución que tiene que ser la nuestra, de paso. La educación necesita integrar todas esas nuevas formas de tratar y ver el mundo en que vivimos, debe asimilarlas y trabajar con ellas para que los alumnos de hoy sean esos adultos de mañana preparados para lo que aún ha de venir, porque no todo está inventado, ni tan solo ahora.

Hay que educar en la visión global, en el conocimiento propio, en el trabajo colaborativo… ¡qué importante se está haciendo el compartir y qué poca idea les damos de ello!

De estas cábalas, compartidas con algunos compañeros, surge una idea: creemos un encuentro permanente, global, dándole forma poco a poco, introduciendo ideas a partir de cada una de las reuniones que tengamos. Una #openescuela20, abierta y plural, donde nosotros mismos aprendamos el modo en que enseñaremos.
Porque juntos siempre se aprende mejor, educando de un modo más cercano a la realidad que nos envuelve. El futuro hecho presente.

Hablando de ell@s

Es curioso cómo a veces las cosas confluyen en un cauce común. Quería escribir sobre cosas diferentes, sobre el Bachillerato de Excelencia por un lado y sobre la vida escolar de mis alumnos por otro. Y veo ahora el lugar por donde unirlos.

A. tiene 17 años, no está en el curso que le corresponde. No es chica de excelentes, ni de presunta excelencia, en el sentido “estricto” de la palabra. Se esconde tras una máscara de maquillaje y, sobre todo, tras una pose de dureza que tiene a medio mundo equivocado. Sus palabras son fuertes, su voz muy alta; respondona y desafiante, es de las que miran profundamente a los ojos cuando entregan un examen en blanco.


[¿Eso es lo que queremos en este país? ¿En esos chic@s está el futuro? Hay que hacer algo para que no interrumpan, no desmotiven a los otros, no provoquen que los mejores no destaquen]

Cuando conoces un poco más a A. te das cuenta de lo parecida que es a I., del otro grupo… y a la otra I., que ya está fuera del colegio, y a C., de la que ayer tuve buenas noticias. La cuestión es esa: ¿quiero conocer a A.? Porque entonces sólo hace falta rascar levemente para encontrar muchas cosas.
La niña es sensible… demasiado sensible (y lo poco que le gusta que se sepa…). La niña es inteligente pero no le da por demostrarlo, prefiere actos de fuerza (lo que le han enseñado). Tiene una autoestima por los suelos; años de decirle lo mal que lo hace todo, o casi todo. Y sin embargo, cuando me mira y me sonríe, veo lo que lleva dentro: es más guapa de lo que ella cree, es más lista de lo que se imagina, tiene más empeño en vivir de lo que tengo yo, pero no lo sabe, nadie se lo ha dicho.
Llevo todo el curso viendo como ha pasado de exámenes en blanco al último notable, porque se lo trabaja ella sola, porque escucha, aprende, se interesa. Porque hablamos mucho, todos; y se escuchan entre ellos, y se animan y se dicen cosas positivas, y entre todo eso caen perlas de biología o de química, que también tengo que hacer esa parte de mi trabajo.

[¿Y eso no es ser excelente? ¿Pasar de la nada al conocimiento, o al menos, a intentar adquirirlo?]

No pretendo quitar mérito a nadie, ni dejar de fomentar la ilusión y el empuje de aquel que ha nacido privilegiado, o que se lo trabaja con sudor e interés, pero tampoco quiero dejar a los desfavorecidos detrás, ni soltarles de la mano, ni hacerles sentir menos. Porque tienen mucho que aportar, porque no es sólo lo excelente… es lo bueno, lo interno, lo útil, lo bello. Y eso, sin duda, lo tiene A.

Aunque no llegue a hacer bachillerato (o sí…).

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